Hace algunas semanas, mi hermano (el mayorcito, como diría mi tía Dominga) se llevo al pastor belga malinois del patio de mi casa para llevarlo a Guadalajara a una escuela para perros. Bobby, nombre del canino, hacía que al llegar a casa fuera toda una odisea cruzar el patio para llegar hasta el interior del hogar. Es un perro totalmente inofensivo, pero sumamente juguetón, encimoso y baboso, estas tres notas de su personalidad canina no las sufríamos en la familia como un mal, sino como una alegría. Nunca antes había sido tan interesante cruzar el patio en menos de treinta segundos sin que el Bobby detuviera al transeúnte con su tremendo cuerpo, encimando sus patas y babeando pantalones, chamarras y demás prendas recién traídas de la tintorería.
La estadía del ludópata can en la escuela fue de 15 días con un costo total de tres mil pesos. Mientras el Bobby no estuvo en el patio, se sentía un vacío al llegar a casa y simplemente cruzar el jardín tranquilamente hacía pensar en qué sería del Bobby cuando regresara. Justo cuando mi madre estaba ya sumida en la depresión por la partida momentánea de su perro hijo (hablo del Bobby) y mi hermanito el Bipolar no sabía si extrañar al Bobby o celebrar su ausencia el perro regresó.
Ya estando en la casa nos dimos cuenta que los 15 días que Bobby pasó en la escuela no significaron más que algo así como los estudios primarios impartido en alguna escuela perdida y abandonada por las hummers de Elba Esther. El Bobby sigue siendo el perro juguetón que en vez de pararse en dos patas brinca como loco en sus cuatro patas. Aún sigo investigando si esto se debe a un mal neurológico o a que el Bobby en otra vida fue toro de rodeo. La única diferencia entre el Bobby analfabeta y el Bobby graduado son cuatro palabras: Jío, para que Bobby camine a lado tuyo; sit para que Bobby se siente decorosamente,; steit, que viene siendo la palabra mágica para calmarlo cuando trae un desmadre y down para que el can se ponga en una posición como de gato a punto de comerse al ratón. Todo lo anterior solo puede realizar el Bobby si se le pone la cadena de castigo, sin dicha cadena el Bobby sigue actuando cual chiquillo en salón de clase sin maestro. Ah pero eso sí, si queremos que el Bobby aprenda todo lo anterior tiene que ir a hacer el curso avanzado, que en términos prácticos sería como su secundaria, así que se lo tendrían que llevar otros quince días y nosotros pagar otros tres mil pesos. Mejor que se quede así. Ni en mi educación invierten tanto.
La estadía del ludópata can en la escuela fue de 15 días con un costo total de tres mil pesos. Mientras el Bobby no estuvo en el patio, se sentía un vacío al llegar a casa y simplemente cruzar el jardín tranquilamente hacía pensar en qué sería del Bobby cuando regresara. Justo cuando mi madre estaba ya sumida en la depresión por la partida momentánea de su perro hijo (hablo del Bobby) y mi hermanito el Bipolar no sabía si extrañar al Bobby o celebrar su ausencia el perro regresó.
Ya estando en la casa nos dimos cuenta que los 15 días que Bobby pasó en la escuela no significaron más que algo así como los estudios primarios impartido en alguna escuela perdida y abandonada por las hummers de Elba Esther. El Bobby sigue siendo el perro juguetón que en vez de pararse en dos patas brinca como loco en sus cuatro patas. Aún sigo investigando si esto se debe a un mal neurológico o a que el Bobby en otra vida fue toro de rodeo. La única diferencia entre el Bobby analfabeta y el Bobby graduado son cuatro palabras: Jío, para que Bobby camine a lado tuyo; sit para que Bobby se siente decorosamente,; steit, que viene siendo la palabra mágica para calmarlo cuando trae un desmadre y down para que el can se ponga en una posición como de gato a punto de comerse al ratón. Todo lo anterior solo puede realizar el Bobby si se le pone la cadena de castigo, sin dicha cadena el Bobby sigue actuando cual chiquillo en salón de clase sin maestro. Ah pero eso sí, si queremos que el Bobby aprenda todo lo anterior tiene que ir a hacer el curso avanzado, que en términos prácticos sería como su secundaria, así que se lo tendrían que llevar otros quince días y nosotros pagar otros tres mil pesos. Mejor que se quede así. Ni en mi educación invierten tanto.