Se
acaba el día
soy
el único
que
sigue coleccionando atardeceres.
Si
no lo hago
nunca
más
volverán
a aparecer.
Se
acaba el día.
Se acabó.
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Un
relámpago duró
el
encuentro
y
tuvo hipnosis de atardecer.
Qué
podía esperar de ti
si
en tu silencio
suicidaste
mi pasión
y
mis besos.
Ni
siquiera una pregunta
una natural
y
mísera duda
o esperanza
pudo
salir
de
ti
(ni de mi)
y
otorgar una página en blanco
a
nuestro ya aniquilado recuerdo.
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Desde
hace tiempo
el
sol y yo
hemos
fusionado
nuestras
vidas.
Cíclica
tarea el vivir
en
tu ausencia.
Condena
irrenunciable
que
al enfermar y morir
la
tarde
alivia
un poco el sufrimiento.
Pero,
al pasar la noche,
el
deber de levantarme
otra
vez
a
la muerte.
Él
me ha enseñado
a
soportar el presente
y
hacer de la agonía
una
efímera obra de arte.
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Poco
a poco
o quizá
de repente
tu
cuerpo
se convirtió
en
un bosque de cenizas.
¿Cómo
encender la chispa
ante lo que
el viento se lleva,
la
tierra absorber
y el sol
indiferente
ve?
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Esto
es el fin
llévate
tus cosas
y
no olvides tu nombre.
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Solo
hay silencio.
Ningún
poema asoma
ante este
dolor.
El
tiempo se ha detenido
justo
donde más
duele.
A
donde quiera
me persigue
este
silencio
no hay palabras
de
mi lado
que quieran
ayudarme
a reconstruir
la
(otra)
historia.
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En
la noche
no
se oyen
tus
gemidos.
Una
invisible montaña
de
espacio
intenta
ocupar
tu
lugar.
No tiene tu latido.
La
luz entra
y
desempolva los recuerdos.
Verte
en la mañana
inhalar
fuego
y
exhalar nubes.
Me
miento y finjo.
Te
veo,
platico,
te
doy voz.
Soy
un vagabundo
en
lo cotidiano
el gris entre el día y
la noche.
Ya
no estás tú,
solo
el recuerdo
que
mi sombra
trastorna
e inventa.
No
sé cuánto tiempo más tendré el valor
para
seguir en esta locura que me mantiene cuerdo.
Esperaré
entre
la
sangre y el lodo
hasta
que tu recuerdo
se
canse de mis juegos
y
por fin se marche.
Tal
vez entonces
recobre
el instante
y
pueda habitar
este
presente
que
ahora
es
destierro.
Que
el olvido
levante
mi mirada
y
me abra al vacío
amor mío.
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Todo
el tiempo que perdí contigo,
dijiste,
lo
recuperaré.
Y
te llevaste la historia que tenía.
Todo
lo que me hiciste,
profetizaste,
lo
pagarás.
Desde
entonces mis emociones
son
llagas.
Todo
el amor que te di,
afirmaste,
lo
puedes tirar.
Guardo
algunas migajas
que
pronto acabarán.
Lo
nuestro nunca fue amor,
gritaste,
y
ahora escribo esto
para
convencerte de lo contrario.
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¿Con
qué cara
despertarme
a este día?
Rompo
el letargo
busco
mirar de cerca
el
hecho cruel
de
tu ausencia
en
este espacio
antes nuestro,
tuyo
y
ahora
de nadie.
¿Eres
tú quien
susurra
en mi memoria?
Si
pudieras llevarte
contigo
este infierno
o
venir a habitarlo conmigo
todo
recobraría sentido,
hasta mi
memoria
ya
desdibujada por el
dolor y el
tiempo.
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El
psicoanalista
pudo
llegar
hasta
donde tengo
tu
imagen guardada.
Lloró.
El
psicoanalista
descubrió,
por fin,
dónde
grabé tu nombre.
De
nada sirvió.
Ahora
él también te busca.
Al
psicoanalista
le
gusta que le hable de ti
te
quiere hacer suya
con
mis palabras.