lunes, 30 de abril de 2012

Nuevos poemas.


Se acaba el día
soy el único
que sigue coleccionando atardeceres.
Si no lo hago
nunca más
volverán a aparecer.
Se acaba el día.
                        Se acabó.
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Un relámpago duró
el encuentro
y tuvo hipnosis de atardecer.
Qué podía esperar de ti
si en tu silencio
suicidaste mi pasión
y mis besos.
Ni siquiera una pregunta
                                   una natural
y mísera duda
                                   o esperanza
pudo salir
de ti
            (ni de mi)
y otorgar una página en blanco
a nuestro ya aniquilado recuerdo.
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Desde hace tiempo
el sol y yo
hemos fusionado
nuestras vidas.
Cíclica tarea el vivir
en tu ausencia.
Condena irrenunciable
que al enfermar y morir
la tarde
alivia un poco el sufrimiento.
Pero, al pasar la noche,
el deber de levantarme
otra vez
a la muerte.
Él me ha enseñado
a soportar el presente
y hacer de la agonía
una efímera obra de arte.
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Poco a poco
            o quizá
                        de repente
tu cuerpo
                        se convirtió
en un bosque de cenizas.
¿Cómo encender la chispa
                                   ante lo que el viento se lleva,
la tierra absorber
                        y el sol
                                   indiferente
                                                           ve?
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Esto es el fin
llévate tus cosas
y no olvides tu nombre.
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Solo hay silencio.
Ningún poema asoma
                                   ante este dolor.
El tiempo se ha detenido
justo donde más
                        duele.
A donde quiera
                        me persigue
                                               este silencio
                        no hay palabras
de mi lado
                        que quieran
ayudarme
                        a reconstruir
la
            (otra)
                        historia.
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En la noche
no se oyen
tus gemidos.
Una invisible montaña
de espacio
intenta
ocupar
tu lugar.
            No tiene tu latido.
La luz entra
y desempolva los recuerdos.
                                               Verte en la mañana
                                               inhalar fuego  
                                               y exhalar nubes.
Me miento y finjo.
Te veo,
platico,
te doy voz.
Soy un vagabundo
en lo cotidiano
                        el gris entre el día y la noche.
Ya no estás tú,
solo el recuerdo
que mi sombra
trastorna e inventa.
No sé cuánto tiempo más tendré el valor
para seguir en esta locura que me mantiene cuerdo.
Esperaré entre
la sangre y el lodo
hasta que tu recuerdo
se canse de mis juegos
y por fin se marche.
Tal vez entonces
recobre el instante
y pueda habitar
este presente
que ahora
es destierro.
Que el olvido
levante mi mirada
y me abra al vacío
                        amor mío.
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Todo el tiempo que perdí contigo,
dijiste,
lo recuperaré.
Y te llevaste la historia que tenía.
Todo lo que me hiciste,
profetizaste,
lo pagarás.
Desde entonces mis emociones
son llagas.
Todo el amor que te di,
afirmaste,
lo puedes tirar.
Guardo algunas migajas
que pronto acabarán.
Lo nuestro nunca fue amor,
gritaste,
y ahora escribo esto
para convencerte de lo contrario.
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¿Con qué cara
despertarme a este día?
Rompo el letargo
busco mirar de cerca
el hecho cruel
de tu ausencia
en este espacio
                        antes nuestro,
                        tuyo
y ahora
                        de nadie.
¿Eres tú quien
susurra en mi memoria?
Si pudieras llevarte
contigo este infierno
o venir a habitarlo conmigo
todo recobraría sentido,
                                   hasta mi memoria
                                   ya desdibujada por el
                                   dolor y el tiempo.
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El psicoanalista
pudo llegar
hasta donde tengo
tu imagen guardada.
Lloró.
El psicoanalista
descubrió, por fin,
dónde grabé tu nombre.
De nada sirvió.
Ahora él también te busca.
Al psicoanalista
le gusta que le hable de ti
te quiere hacer suya
con mis palabras.

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