Gracias por enseñarme muchas que ahora ya olvidé. Pero lo que sí aprendí gracias a usted, es lo mucho que me gustan los senos de las mujeres. Gracias a su exuberante pecho conocí -en quinto grado de primaria, grupo B- los placeres que puede tener mi mano. Quizá usted nunca sospechó que mis miradas atentas no estaban en sus enseñanzas escolares, sino en su pequeño cuerpo. Su cara de maestra bonita, como de película, cabello quebrado color miel dorada al sol, diría Pellicer, y ese busto que salía para meterse dentro de mis ojos, mi alma e imaginariamente en mi boca. Y es que basta con tener unos pechos en las manos y un dulce pezón en la boca para despertar a lo que sí es esencial en la vida. No la he vuelto a ver maestra. Al menos físicamente, pero en cada nuevo par de "lolitas" que veo desnudas, en mis adentros le mando un inocente saludo y un par de besos para que los use como usted quiera.
Su alumno, Armando.
(53 en la lista).
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