miércoles, 21 de julio de 2010

NO HAY LUGAR.

Estaba harto. Quería huir. A dónde fuera. Quería huir. Siempre quería huir. Estaba ya cansado de ir de un lugar a otro para en todos los lugares sentirse mal y querer huir. En su pueblo quería estar en la ciudad, en la ciudad quería estar en la playa, en la arena, frente a la palaya y escuchando al mar, quería estar en una habitación con una hermosa mujer, libre, independiente, sexosa y que además de todo, lo amara. Cansado, visitó psicoanalistas, terapias, psiquiatras, gurús, brujerías, reuniones esotéricas tipo new age, se hizo masón, rosacruz pero nada lo hacía sentirse bien. ¿Por qué me siento así? ¿Por qué siempre quiero correr hacia otro lado? ¿De quién huyo? ¿Qué busco? ¿A quién persigo?

Estaba perdido siempre y en cualquier lugar. Quizá, lo que tenía que hacer es cambiarse de cultura. Quizá su malestar se debiera a su cultura globalizada, capitalista y occidental, a lo mejor en otra cultura se sintiera mejor, pero…qué cultura elegir. Es más, ¿por qué elegir una cultura? ¿Por qué no ser un simple ser humano natural y salvaje? No, es demasiado. Soy un hombre de comodidades mínimas. La sierra, la playa son demasiados agrestes para mí, Necesito por lo menos las comodidades mínimas, una taza, quién haga de comer, que haya gas para comer, boyler para bañarse, mesa, sillas, colchón, sofás, souflés, literatura, papelerías donde surtirse de plumas de punto fino. Ahora también estoy perdido. Entre la cultura y el salvajismo también me encuentro perdido. ¿Cómo lograré sentirme a gusto en algún lugar?

Por mucho que se hablara de ello, las relaciones con las chicas no siempre te hacen sentir a gusto en algún lugar, además, si te hacen a gusto, es solo algunas veces y en muy contados momentos. ¿Soltería o vivir con alguien? Aquí también la brújula se había despolarizado y perdido el Norte. Aunque no lo reconociera, era muy similar a una niña adolescente de 15 años. Soñaba con encontrar a su pareja, que lo amara. Soñaba que en algún lugar, en algún momento determinado iba a encontrar a la chica indicada y entonces ahí realmente se vería trastornada su indecisión de vivir con alguien y aceptaría gustoso vivir con ella y crear una familia. Como en los cuentos de hadas. Nada más despreciable en mí, un chico de 24 años y que además se llama Eusebio. Un solo nombre. Eusebio Aceves González, arquitecto. ¿Por qué un solo nombre? Quizá si tuviera dos nombres usaría el primer nombre –o el segundo- no sé, para su vida pública y el otro lo usaría solo para su vida íntima. También perdido entre dos nombres de los cuales uno ni siquiera existe.

Solo sentía que estaba en el lugar adecuado cuando veía muchas flores juntas, cuando fumaba un porrito y escuchaba música y/o cuando lograba entablar una conversación con una chica. Claro, la charla tenía que ser amena, si no, sentía que estaba en el lugar más absurdo del mundo platicando con la mujer boba que desearía matar o coger en esos momentos. Pero el placer logrado raramente duraba mucho. En promedio unas 4 horas, a veces 6 horas pero, incluso una vez estuvo a gusto hasta 12 horas. Ah, qué día tan genial, una mujer bella que decía que lo amaba, que escuchaban música juntos y además dejaba a Eusebio fumar marihuana. Cogieron, durmieron, comieron, se bañaron, volvieron a hacer el amor y en los interludios de estas actividades fumaba y ponía música. Lástima, ella lo engañó y ya no volvió a verla. Además, pensaba Eusebio, sí era medio aburrida y sosa, digamos que esa fue suerte de un solo día que el azar y la diosa fortuna me regalaron.

Pero hoy, hoy estaba decidido a llegar al fondo de todo. Una hoja en blanco frente a su gran y cómoda mesa de arquitecto y en su mano derecha una pluma de tinta negra china con la que amenazaba escribir pero al final la hoja terminaba blanca, virgen, reluciente. Tenía decidido ser sincero y honesto consigo mismo y escribir en esa hoja el por qué no se sentía a gusto en ningún lugar. Sería honesto. Dejaría libre a su inconsciente para que dijera por qué era así. Si lograba hacerlo, el mal quedaría ya escrito en ese papel y él, Eusebio, podría vivir tranquilo, seguro, feliz, satisfecho, en cualquier lugar en el que él estuviera. Sería como exorcizar el mal psicológico a través del rito de la escritura. No escritura automática como la de los dadaístas y surrealistas que según Eusebio con tanta boruca no dejaban que el inconsciente realmente hablara, sino que entre tanta palabra el inconsciente creaba mecanismos de defensa y dificultan el darse cuenta realmente de la verdad, de que ocurre dentro de su mente. No, su método era distinto. Era aceptar la imposibilidad, la impotencia, la desesperación sociópata ante la página en blanco que es una muestra de nuestro propio silencio e incertidumbre al tiempo que también sabemos que tanta blancura significa mucho ruido dentro de nosotros pero con la certeza de que la verdad está ahí, solo falta vencerse a sí mismo, no caer en la desesperación ante la nada ni sentirse soberbio e intentar crear algo en esa página. Crear, una manera de hacerse pendejo y hablar de otra cosa menos de lo que te pasa dentro.

Después de visitar los estados de ánimos más variados ante sí, siguió firme ante la página en blanco. Desesperación, enojo, coraje, sensación de sentirse el ser más estúpido del universo, frustración y, por supuesto, ganas de correr y estar en otro lugar fueron los fantasmas en su máquina cerebral que lo visitaron en esas tres horas frente a la página reluciente y brillante por su blancura. De pronto, ante esa blancura que de un momento a otro alumbró todo su estudio y encandiló sus ojos, sintió, por un extraño momento una gran iluminación. Pensaba que así era el nirvana, el satori del que hablaban las religiones orientales. Cuando se recuperó de su ceguera blanca momentánea, vio la página tomo la pluma firmemente y con grandes letras grandes escribió horizontalmente sobre la hoja: NO HAY LUGAR. Respiró aliviado y salió a la calle.

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